La
Peste llamó toda mi atención en cuanto llegó a mis oídos su existencia. Siempre
tengo tiempo e interés por cualquier producción de tema histórico. Y más si se
trata de la historia de mi país. Acude religiosamente a estas producciones,
como quien tiene que verlas, a pesar de ser consciente de que, difícilmente, van
a ser lo que uno busca. A pesar del tiempo pasado, cuesta encontrar una
producción histórica en España con ambición, medios, que no tenga esas ciertas
tendencias de representar su historia todo a través de un tapiz viciado. Es común en España el
negativismo en estos temas, sea por influencia de un presente percibido con
desencanto, sea de un pasado percibido y construido durante años bajo ese mismo
prisma de de desencanto y deslucimiento. En España tenemos la bendición de
tener una historia soberbia que toca todos los palos: de potencia europea a
primer imperio mundial, potencia decadente, sostenimiento como tercera potencia
mundial, caída en picado, país revolucionario, país reaccionario, hasta la
democracia alzada pacíficamente hasta integrarse en los estándares del momento.
Un historial solo comparable a la falta de lustre y mimo que le damos.
Sin
duda, este párrafo puede ser ejemplo de lo difícil que es hablar de historia en
España, por como se utiliza políticamente, por lo mal que se ha usado (y
desusado) en el pasado, siempre mangoneada por relatos extremos, o directamente
extranjeros, y pocas veces apreciada en lo que vale, sin vicio. Yo mismo no
escapo de ello. Pero me veo la obligación de mencionar esta impresión ahora que
hablo de La Peste. Recientemente he visto tres producciones históricas patrias,
realizadas con un recubrimiento de medios de lujo, que levantan la fe y las expectativas
sobre este campo en esta pobre alma mía: Los Últimos de Filipinas, Oro, y esta, La
Peste, que es la que me ha traído. Escenarios guapísimos, estupenda cinematografía, algunos buenos actores,
estupenda producción, caracterización, vestuario, etc. Una dicha. Pero tras
haberlas visto…, tras haber visto La Peste, se confirma una impresión. La vieja
sombra que atenaza nuestra historia sigue ahí. La ambición, los medios, el
descubrimiento del filón que puede representar aun niega lo básico para crear
clásicos atemporales que trasciendan el maniqueo flagelamiento al que tendemos
cuando nos metemos en estos lares. Como si tuviéramos que pedir perdón por el
pasado.
Una Trama como Excusa
El
punto fuerte, y débil al mismo tiempo de estas mencionadas producciones, en las
que se incluye La Peste, es que su propuesta guarda una debilidad intrínseca. En
ellas, la historia no tiende a estar al servicio de lo que se cuenta, de su trama y personajes, sino que estos, junto al hecho histórico, esta al servicio de un tercero, de un propósito alterno. La que mejor parada sale es
Oro, dado que esta pretende servir como una especie de avatar de lo que debió de ser
la experiencia conquistadora de cientos de expediciones y miles de soldados. Un
pequeño microcosmos que represente un poco a todos los casos reales de la
acción de conquista. En ese sentido, no acaba mal parada. Su objeto es mostrar,
en lo feo, lo malo, y lo admirable la labor de aquellas gentes, y personajes y trama se consagran a ser una novelización/resumen de la historia. Pero los Últimos,
por ejemplo. convierte el hecho histórico que representa en un soso alegato
contra la guerra, tejido con ese patetismo tan patrio, dejándose por el
camino lo más importante, explicar porqué lo que sucede en la peli pasó y su importancia. Se
deja por el camino la esencia misma del hecho que narra, de la que el
espectador poco enterado no entenderá nada. Igualmente, La Peste peca en el
mismo punto. Su creador y director, Alberto Rodríguez, director de La Isla
Mínima y El Hombre de las Mil Caras, ya ha demostrado que lo que a el le
interesa de la historia de España son las miserias, las cloacas, y las fallas
estructurales. Y en general, lo hace muy bien. Es una visión respetable como otra cualquiera, pero en La Peste se traduce como cierta servidumbre a ese propósito. Ni sus personajes, ni el escenario, ni la
historia, ni los hechos retratados, están para otra cosa que no sea para hablar
de lo que el director quiere hablar, de la corrupción política, la miseria de
las masas, la represión, la ignorancia, la violencia, el barro de a pie de
calle, etc, en la España imperial, en la poderosa, rica, y cosmopolita Sevilla,
puerta de entrada y salida para el Nuevo Mundo.
Alberto
Rodríguez es un gran realizador, un estupendo director, que sabe llevar con
solidez, madurez y soltura las historias que yo, por lo menos, le he visto. Su
visión para La Peste no es, en sí misma, un problema. Es un producto que tiene
claro de lo que quiere hablar, de la miseria humana, incluso en la brillante
Sevilla del XVI, estallando con la llegada de la peste, que pone de relieve todas las miserias. El apreciable
muestrario de escenarios, la variedad de los mismos, las visitas a múltiples
aspectos de la sociedad sevillana de la época, valioso como puede ser, va para
hablar de una cosa en concreto, que, como digo, no es malo, y el pulso con el
que en general Rodríguez y Cía., mantienen el asunto la hace una experiencia
acogedora y disfrutable, un producto que vale la pena visitar solo por el
esfuerzo desplegado, los recursos, la estupenda ambientación, el vestuario, la
visión descarnada de una sociedad pobre y cruel al borde de la supervivencia, llevada como digo, con una apreciable falta de la pretensión
hiriente que, por ejemplo, si tenía la de los Últimos de Filipinas. Rodríguez
es más sutil, y por tanto, más eficiente en su propuesta y en su ejecución.
A la Sombra de
Alatriste
Pero,
y aquí llega el pero, a pesar de todo, es un cascarón, un recubrimiento, que
dista mucho de darle calor a su trama. Que la historia, sus personajes y el
contexto histórico no sean más que vehículos para lo que el director quiere
contar proporciona esa solidez de propósitos y objetivos que tanto me gusta ver
en una historia. Pero también supone arriesgar todo a una jugada, todo,
incluyendo aquello que hace de una historia algo atemporal. Y eso es algo de lo
que adolece La Peste, Los Últimos, y Oro. Tras la
dorada cubierta, de una factura estupenda sin nada que envidiar, no hay auténtica pasión.
Quizás Oro, cuyo propósito es la comprensión de lo que suponía ser conquistador, tiene pase. Al menos sus esfuerzos va para subrayar aquello que nos muestra. Hay cierta pasión por lo que cuenta. Pero sus personajes, sus historias,
son más vehículos que entes vivientes. Y es algo que se agrava por mil en los
otros casos. Tras Los Últimos o La Peste no solo encontramos cuestionable la
pasión que hubiera por reflejar los hechos que reflejan, sino que no esta lo
que hace de toda historia algo sólido, algo atemporal y memorable. No hay una
historia digna de tal nombre, no hay un personaje que se quede en el recuerdo,
cuya singladura nos llame la atención como para volver a querer verle. Son
vehículos fríos, que funcionan y se pueden seguir, pero vehículos, que
difícilmente podríamos disociar de su función como tal.
A
años luz tendríamos, por ejemplo, al capitán Diego Alatriste de Arturo Pérez
Reverte. Un personaje al servicio del deseo del autor de mostrar el como era y
como se vivía en el Siglo de Oro español. Era un vehículo tanto como un personaje con entidad propia,
superior a lo que pretende Reverte con él. Alatriste sirve tan pronto para
mostrar desdén por la Inquisición, como muestra el sentido de la
honra tan extendido en España. Enseña el valor, el sacrificio y el compañerismo
en los Tercios, los gloriosos triunfos de España y sus amargas derrotas (todo
siempre pasado por el barro), la corrupción del estado, la vida marginal en las
sucias calles de una gran ciudad de la Edad Moderna, etc. Todo lo que hace La
Peste, u Oro, pero con un personaje con entidad. Alatriste, hijo de su tiempo,
tan pronto honorable, abnegado, sacrificado, disciplinado y decente, como frío,
implacable, duro, y cabronazo. Un tipo capaz de participar en mil guerras y abrirles
la traquea a un montón de peña, y luego capaz de discernir algo compungido que gargantas
merecían ese destino en mucha menor medida que otras. Un tipo capaz de arrugar
el rostro ante la miseria del Imperio en declive, pero al que no le quitas el
“Santiago” y el “Cierra España” cuando carga contra los enemigos de su país.
Pasión señores, e interés, y no solo por lo que buscas con tus herramientas.
¿Quién
es Mateo Núñez, prota de La Peste, al lado de Alatriste? ¿Quién es él, y porqué
debiera importarme? Esta en general bien escrito, en general bien actuado, y se
le puede seguir como prota. Pero el peso de ser un vehículo pesa demasiado
sobre él. Porque, sinceramente, es un personaje soso. Un hombre culto con
crisis de fe, punto y final ¿Qué le gusta, que principios tiene, que valores,
etc?¿Quien es? Avanza por avanzar, siempre serio, siempre triste, siempre con
cara de funeral (joder, creo que podría contar con los dedos de una mano las
veces que alguien sonríe o muestra emociones más complejas que las mencionadas
en esta serie). Al acabar la trama de 6 capítulos de, redondeando, a hora cada
uno, ¿podríamos decir que estoy comprometido a muerte con él? El final de la
serie debería ser dramático e intenso para el personaje y para mí como
espectador, cuando debe contemplar el fruto de sus pesquisas, de su orgullo. Y no…siento nada.
No hay mucho compromiso, ni con él ni su mundo. El Martín Dávila de Raúl Arévalo en Oro tenía más
personalidad que Mateo, y era aún así un personaje bastante elemental. De este
muestrario de tres pelis que he tomado (no es que haya mucho más), solo el Saturnino
Martín Cerezo de los Últimos de Filipinas da un personaje interesante, un
hombre dividido entre su yo humano que flaquea y duda, y su yo militar,
dispuesto a cumplir con su deber, y que debe conciliar ambas realidades (sin caer
en el simplismo más despreciable, como hizo el Ministerio del Tiempo al
retratar aquellos hechos), estupendamente interpretado por Luis Tosar. Sin
embargo, no olvidar que el prota de aquella peli no era este personaje de
fantástica dinámica, sino uno triste y apagado que fuma opio media película…y
que es inventado, encima.
Pero
vayamos más allá. La trama de La Peste bebe en parte de un clásico como es El Nombre de
la Rosa. Crímenes relacionados con la fe, la vida e influencia de la religión
en todo su esplendor, suciedad, barro, corrupción y bajeza de la vida del
medievo. Una trama de novela negra como excusa para mostrarnos el microcosmos
de una abadía cristiana medieval. Alejémonos de Alatriste, y hablemos de
Guillermo de Baskerville, el avispado hombre de fe, ingenioso, ocurrente, culto
y brillante, fiel exponente de su época en su mejor forma. ¿Podríamos comparar
al soso de Mateo Núñez con él? Y que conste, hablo de personajes (no me
parecería justo comparar a Pablo Molinero con un titán como Sean Connery). Que
un monje franciscano sea más interesante como personaje que un antiguo soldado,
impresor asociado a protestantes perseguido por la Inquisición que bebe y va de
putas es para hacérselo mirar. Quizás pueda considerarse injusto comparar a
Alberto Rodríguez con Umberto Eco…. ¿pero por qué no? Si tenemos los medios, y
la voluntad, ¿porqué no exigir esa calidad, ese ardor?
Alegato a Favor
Porque
al parecer, La Peste y sus creadores tendrán segunda temporada. Lo cual me
parece estupendo. Alberto Rodríguez es un buen director, y La Peste, un
ejercicio interesante que vale la pena ver aunque solo sea por su valor de
producción y su realización en general bastante chula. Esos grandes y caros
escenarios, alumbrados con velas, creando un ambiente tenebrista y oscuro para
un relato de corrupción, opresión y miseria, hablan de un producto que no desea
presumir, capaz de supeditarse a lo que quiere alcanzar, a lo que quiere
contar, y no caer en vanidades. Sin embargo, a pesar de que en general sale
bien parado, a La Peste le falta esa garra, esa energía, que necesitaría para competir de verdad. Demasiado intensita
quizás, lo deja todo en esa intensidad, quedándose en una trama al uso, y unos personajes principales que
son seres apagados. Su propuesta esta más interesada en explicar las miserias
de la Sevilla imperial que en mostrar porqué para empezar era tan importante la
ciudad de las narices. Todo eso esta (gracias a Dios esta), pero como trámite, y no
como objetivo digno de foco. Las sombras se adueñan de todo, y son las protas
reales, para bien, y para mal. Y al igual que eso limita a esta primera
temporada de La Peste, puede ser síntoma de engrandecimiento de la serie.
Porque
hasta que alguien no adapte como es debido los Episodios Nacionales de Benito
Pérez Galdós, o alguna de las novelas históricas de Arturo Pérez Reverte, un
fan de la ficción histórica en España debe contentarse con lo que hay. La
Peste, como las otras pelis del mencionado muestrario, tiene una factura que
simplemente no puedo pasar por alto, ni despreciar. La alabo, la aprecio, y la
adoro. Pero nadie recordará a los Últimos de Filipinas, por sosa, por típica, por temerosa
de relatar lo grandioso o memorable que hubo en el hecho que relata, ni de Oro,
desprovista de una verdadera trama o un personaje que inflame alguna emoción que atrape. Por
cobardes, en definitiva, incapaces de dar algo único y diferenciador. Y como
siga así, La Peste irá por el mismo camino como no consiga un Alatriste o un
Guillermo de Baskerville. Personajes que funcionan, existen, y son disfrutables
y carismáticos, al margen de que sean vehículos o no para mostrarnos su mundo.
Una historia, vamos, que la miseria no es excusa para la sosez o la falta de
carisma. Porque si aceptamos que Alberto Rodríguez (por ejemplo) es un buen director, detrás de esto solo esta lo de siempre, el escocido culo de
los españoles para con su historia, incapaces de hacer lo que los anglos hacen
desde hace décadas, meterle garra, gancho y energías, y ya sea apología
patriotera, severa crítica histórica, o algo intermedio, no hay miedo en hablar
de sus cosas. Parece que en España hay ganas de echar la zarpa, ambición, pero aun muchos
redaños a hacerlo con verdadera energía, y ofertar algo que no hayamos visto, o no nos esperemos.
La
Peste podría, ojala. Puede que el Mateo Núñez de Pablo Molinero me haya
parecido frío, estéril como personaje, funcional para lo que la peli quiere de
él. Querría equivocarme, sinceramente. La Teresa Pinelo de Patricia López
Arnaiz es una muestra de lo que esta serie podría construir con menos fasto a
la corrupción y al autoflagelo histórico y más hablar de sus personajes.
Potencial, como el del inquisidor Celso de Guevara, que se sale del típico
estereotipo de inquisidor loco fanático, inculto y amante de la violencia
(de la que ni el Nombre de la Rosa escapaba del todo) para mostrarlo como
alguien culto, refinado, y bastante benévolo, dentro de lo que su trabajo exige
(que el inquisidor siga siendo la sempiterna sombra en estos relatos ya es otro
cantar, pero es un avance de madurez apreciable). A lo que voy, es que hay luces
innegables en esta serie, personajes e historias que pueden llegar a ser grandes. Mas le pese al valor de producción de La Peste, su trama de novela negra no es ni la mitad de interesante que su escenario. Es en las conjuras políticas y conflictividad social donde la peli encuentra, irónicamente, mejor encuadre para lucimiento de personajes e historias. Desearás su presencia más que el de la investigación más de una vez.
El tonto de Aida. Tardé tres capítulos en darme cuenta
Al
final, esto no es más que mi opinión e impresiones, que he intentado
argumentar, y deseo compartir. Quiero ver más ficciones como La Peste. Espero
como agua de mayo cada vez que oigo que va salir un Oro, o un Los Últimos de
Filipinas. Pero estaría bien que alguien, en algún momento, pudiera aunar la
falta de complejos con la voluntad de narrarnos algo, algo atemporal que viva y
sobreviva, un personaje notable, una trama sobresaliente. Porque las cubiertas
doradas y las pretensiones de crítica social se las lleva el viento porque hay
miles, y mejores, si no hay nada más. ¿Pero una historia con corazón, con alma,
con energía? ¿Un personaje característico o carismático? Eso es inmortal. Por
eso tenemos al Quijote en los Simpson, y hay series que aun hoy día hacen
chistes con Diego Alatriste. Porque la gente sabe quienes son. ¿Pero Mateo
Núñez? No, a día de hoy, ni ninguno de sus acompañantes. Y ya me gustaría.
Posdata
No
voy a hablar demasiado de los fallos de audio de la serie. Siempre ha sido un
problema en algunas pelis españolas, y con el bello acento andaluz en escena,
sea hablado, gritado, susurrado o barboteado, solo se complican las cosas. Pero
los actores, ejerciendo como sus personajes, siempre pueden escudarse en que la
trama exige que así sea el como hablen. Que no escuchemos un carajo es asunto
ya del como se ha efectuado la captación de sonido. Es algo realmente grave y
molesto. Una trama de novela negra como esta EXIGE que uno pueda seguir lo que
dicen, y como lo dicen, los personajes.
En
cuanto a errores históricos…bueno, no hay ficción histórica que no los tenga. A
la serie se le escapan algunas burradas de bulto, como el médico temeroso de
que la Inquisición lo queme por brujo por todas las cosas naturales de ciencias
que tiene en su casa. La quema de aquellos que practicaban la brujería rara vez
fue cosa del interés de la Inquisición, más interesada en las cosas que
hicieran peligrar los cimientos de la cohesión social, como el protestantismo o el judaísmo. Para ver quemas de
brujas, hay que dirigirse a los países protestantes del norte, que era más su
rollo.
Pero
errores errores, ninguno realmente ofensivo a la vista y al olfato del que
sienta aprecio o predilección por esos matices.












