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domingo, 15 de abril de 2018

La Peste y el Problema con la Ficción Histórica Española




            La Peste llamó toda mi atención en cuanto llegó a mis oídos su existencia. Siempre tengo tiempo e interés por cualquier producción de tema histórico. Y más si se trata de la historia de mi país. Acude religiosamente a estas producciones, como quien tiene que verlas, a pesar de ser consciente de que, difícilmente, van a ser lo que uno busca. A pesar del tiempo pasado, cuesta encontrar una producción histórica en España con ambición, medios, que no tenga esas ciertas tendencias de representar su historia todo a través de un tapiz viciado. Es común en España el negativismo en estos temas, sea por influencia de un presente percibido con desencanto, sea de un pasado percibido y construido durante años bajo ese mismo prisma de de desencanto y deslucimiento. En España tenemos la bendición de tener una historia soberbia que toca todos los palos: de potencia europea a primer imperio mundial, potencia decadente, sostenimiento como tercera potencia mundial, caída en picado, país revolucionario, país reaccionario, hasta la democracia alzada pacíficamente hasta integrarse en los estándares del momento. Un historial solo comparable a la falta de lustre y mimo que le damos.
            Sin duda, este párrafo puede ser ejemplo de lo difícil que es hablar de historia en España, por como se utiliza políticamente, por lo mal que se ha usado (y desusado) en el pasado, siempre mangoneada por relatos extremos, o directamente extranjeros, y pocas veces apreciada en lo que vale, sin vicio. Yo mismo no escapo de ello. Pero me veo la obligación de mencionar esta impresión ahora que hablo de La Peste. Recientemente he visto tres producciones históricas patrias, realizadas con un recubrimiento de medios de lujo, que levantan la fe y las expectativas sobre este campo en esta pobre alma mía: Los Últimos de Filipinas, Oro, y esta, La Peste, que es la que me ha traído. Escenarios guapísimos, estupenda cinematografía, algunos buenos actores, estupenda producción, caracterización, vestuario, etc. Una dicha. Pero tras haberlas visto…, tras haber visto La Peste, se confirma una impresión. La vieja sombra que atenaza nuestra historia sigue ahí. La ambición, los medios, el descubrimiento del filón que puede representar aun niega lo básico para crear clásicos atemporales que trasciendan el maniqueo flagelamiento al que tendemos cuando nos metemos en estos lares. Como si tuviéramos que pedir perdón por el pasado.

Una Trama como Excusa

            El punto fuerte, y débil al mismo tiempo de estas mencionadas producciones, en las que se incluye La Peste, es que su propuesta guarda una debilidad intrínseca. En ellas, la historia no tiende a estar al servicio de lo que se cuenta, de su trama y personajes, sino que estos, junto al hecho histórico, esta al servicio de un tercero, de un propósito alterno. La que mejor parada sale es Oro, dado que esta pretende servir como una especie de avatar de lo que debió de ser la experiencia conquistadora de cientos de expediciones y miles de soldados. Un pequeño microcosmos que represente un poco a todos los casos reales de la acción de conquista. En ese sentido, no acaba mal parada. Su objeto es mostrar, en lo feo, lo malo, y lo admirable la labor de aquellas gentes, y personajes y trama se consagran a ser una novelización/resumen de la historia. Pero los Últimos, por ejemplo. convierte el hecho histórico que representa en un soso alegato contra la guerra, tejido con ese patetismo tan patrio, dejándose por el camino lo más importante, explicar porqué lo que sucede en la peli pasó y su importancia. Se deja por el camino la esencia misma del hecho que narra, de la que el espectador poco enterado no entenderá nada. Igualmente, La Peste peca en el mismo punto. Su creador y director, Alberto Rodríguez, director de La Isla Mínima y El Hombre de las Mil Caras, ya ha demostrado que lo que a el le interesa de la historia de España son las miserias, las cloacas, y las fallas estructurales. Y en general, lo hace muy bien. Es una visión respetable como otra cualquiera, pero en La Peste se traduce como cierta servidumbre a ese propósito.  Ni sus personajes, ni el escenario, ni la historia, ni los hechos retratados, están para otra cosa que no sea para hablar de lo que el director quiere hablar, de la corrupción política, la miseria de las masas, la represión, la ignorancia, la violencia, el barro de a pie de calle, etc, en la España imperial, en la poderosa, rica, y cosmopolita Sevilla, puerta de entrada y salida para el Nuevo Mundo.

            Alberto Rodríguez es un gran realizador, un estupendo director, que sabe llevar con solidez, madurez y soltura las historias que yo, por lo menos, le he visto. Su visión para La Peste no es, en sí misma, un problema. Es un producto que tiene claro de lo que quiere hablar, de la miseria humana, incluso en la brillante Sevilla del XVI, estallando con la llegada de la peste, que pone de relieve todas las miserias. El apreciable muestrario de escenarios, la variedad de los mismos, las visitas a múltiples aspectos de la sociedad sevillana de la época, valioso como puede ser, va para hablar de una cosa en concreto, que, como digo, no es malo, y el pulso con el que en general Rodríguez y Cía., mantienen el asunto la hace una experiencia acogedora y disfrutable, un producto que vale la pena visitar solo por el esfuerzo desplegado, los recursos, la estupenda ambientación, el vestuario, la visión descarnada de una sociedad pobre y cruel al borde de la supervivencia, llevada como digo, con una apreciable falta de la pretensión hiriente que, por ejemplo, si tenía la de los Últimos de Filipinas. Rodríguez es más sutil, y por tanto, más eficiente en su propuesta y en su ejecución. 

A la Sombra de Alatriste

            Pero, y aquí llega el pero, a pesar de todo, es un cascarón, un recubrimiento, que dista mucho de darle calor a su trama. Que la historia, sus personajes y el contexto histórico no sean más que vehículos para lo que el director quiere contar proporciona esa solidez de propósitos y objetivos que tanto me gusta ver en una historia. Pero también supone arriesgar todo a una jugada, todo, incluyendo aquello que hace de una historia algo atemporal. Y eso es algo de lo que adolece La Peste, Los Últimos, y Oro. Tras la dorada cubierta, de una factura estupenda sin nada que envidiar, no hay auténtica pasión. Quizás Oro, cuyo propósito es la comprensión de lo que suponía ser conquistador, tiene pase. Al menos sus esfuerzos va para subrayar aquello que nos muestra. Hay cierta pasión por lo que cuenta. Pero sus personajes, sus historias, son más vehículos que entes vivientes. Y es algo que se agrava por mil en los otros casos. Tras Los Últimos o La Peste no solo encontramos cuestionable la pasión que hubiera por reflejar los hechos que reflejan, sino que no esta lo que hace de toda historia algo sólido, algo atemporal y memorable. No hay una historia digna de tal nombre, no hay un personaje que se quede en el recuerdo, cuya singladura nos llame la atención como para volver a querer verle. Son vehículos fríos, que funcionan y se pueden seguir, pero vehículos, que difícilmente podríamos disociar de su función como tal.

            A años luz tendríamos, por ejemplo, al capitán Diego Alatriste de Arturo Pérez Reverte. Un personaje al servicio del deseo del autor de mostrar el como era y como se vivía en el Siglo de Oro español. Era un vehículo tanto como un personaje con entidad propia, superior a lo que pretende Reverte con él. Alatriste sirve tan pronto para mostrar desdén por la Inquisición, como muestra el sentido de la honra tan extendido en España. Enseña el valor, el sacrificio y el compañerismo en los Tercios, los gloriosos triunfos de España y sus amargas derrotas (todo siempre pasado por el barro), la corrupción del estado, la vida marginal en las sucias calles de una gran ciudad de la Edad Moderna, etc. Todo lo que hace La Peste, u Oro, pero con un personaje con entidad. Alatriste, hijo de su tiempo, tan pronto honorable, abnegado, sacrificado, disciplinado y decente, como frío, implacable, duro, y cabronazo. Un tipo capaz de participar en mil guerras y abrirles la traquea a un montón de peña, y luego capaz de discernir algo compungido que gargantas merecían ese destino en mucha menor medida que otras. Un tipo capaz de arrugar el rostro ante la miseria del Imperio en declive, pero al que no le quitas el “Santiago” y el “Cierra España” cuando carga contra los enemigos de su país. Pasión señores, e interés, y no solo por lo que buscas con tus herramientas.  

            ¿Quién es Mateo Núñez, prota de La Peste, al lado de Alatriste? ¿Quién es él, y porqué debiera importarme? Esta en general bien escrito, en general bien actuado, y se le puede seguir como prota. Pero el peso de ser un vehículo pesa demasiado sobre él. Porque, sinceramente, es un personaje soso. Un hombre culto con crisis de fe, punto y final ¿Qué le gusta, que principios tiene, que valores, etc?¿Quien es? Avanza por avanzar, siempre serio, siempre triste, siempre con cara de funeral (joder, creo que podría contar con los dedos de una mano las veces que alguien sonríe o muestra emociones más complejas que las mencionadas en esta serie). Al acabar la trama de 6 capítulos de, redondeando, a hora cada uno, ¿podríamos decir que estoy comprometido a muerte con él? El final de la serie debería ser dramático e intenso para el personaje y para mí como espectador, cuando debe contemplar el fruto de sus pesquisas, de su orgullo. Y no…siento nada. No hay mucho compromiso, ni con él ni su mundo. El Martín Dávila de Raúl Arévalo en Oro tenía más personalidad que Mateo, y era aún así un personaje bastante elemental. De este muestrario de tres pelis que he tomado (no es que haya mucho más), solo el Saturnino Martín Cerezo de los Últimos de Filipinas da un personaje interesante, un hombre dividido entre su yo humano que flaquea y duda, y su yo militar, dispuesto a cumplir con su deber, y que debe conciliar ambas realidades (sin caer en el simplismo más despreciable, como hizo el Ministerio del Tiempo al retratar aquellos hechos), estupendamente interpretado por Luis Tosar. Sin embargo, no olvidar que el prota de aquella peli no era este personaje de fantástica dinámica, sino uno triste y apagado que fuma opio media película…y que es inventado, encima.

            Pero vayamos más allá. La trama de La Peste bebe en parte de un clásico como es El Nombre de la Rosa. Crímenes relacionados con la fe, la vida e influencia de la religión en todo su esplendor, suciedad, barro, corrupción y bajeza de la vida del medievo. Una trama de novela negra como excusa para mostrarnos el microcosmos de una abadía cristiana medieval. Alejémonos de Alatriste, y hablemos de Guillermo de Baskerville, el avispado hombre de fe, ingenioso, ocurrente, culto y brillante, fiel exponente de su época en su mejor forma. ¿Podríamos comparar al soso de Mateo Núñez con él? Y que conste, hablo de personajes (no me parecería justo comparar a Pablo Molinero con un titán como Sean Connery). Que un monje franciscano sea más interesante como personaje que un antiguo soldado, impresor asociado a protestantes perseguido por la Inquisición que bebe y va de putas es para hacérselo mirar. Quizás pueda considerarse injusto comparar a Alberto Rodríguez con Umberto Eco…. ¿pero por qué no? Si tenemos los medios, y la voluntad, ¿porqué no exigir esa calidad, ese ardor? 

Alegato a Favor

            Porque al parecer, La Peste y sus creadores tendrán segunda temporada. Lo cual me parece estupendo. Alberto Rodríguez es un buen director, y La Peste, un ejercicio interesante que vale la pena ver aunque solo sea por su valor de producción y su realización en general bastante chula. Esos grandes y caros escenarios, alumbrados con velas, creando un ambiente tenebrista y oscuro para un relato de corrupción, opresión y miseria, hablan de un producto que no desea presumir, capaz de supeditarse a lo que quiere alcanzar, a lo que quiere contar, y no caer en vanidades. Sin embargo, a pesar de que en general sale bien parado, a La Peste le falta esa garra, esa energía, que necesitaría para competir de verdad. Demasiado intensita quizás, lo deja todo en esa intensidad, quedándose en una trama al uso, y unos personajes principales que son seres apagados. Su propuesta esta más interesada en explicar las miserias de la Sevilla imperial que en mostrar porqué para empezar era tan importante la ciudad de las narices. Todo eso esta (gracias a Dios esta), pero como trámite, y no como objetivo digno de foco. Las sombras se adueñan de todo, y son las protas reales, para bien, y para mal. Y al igual que eso limita a esta primera temporada de La Peste, puede ser síntoma de engrandecimiento de la serie.

            Porque hasta que alguien no adapte como es debido los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, o alguna de las novelas históricas de Arturo Pérez Reverte, un fan de la ficción histórica en España debe contentarse con lo que hay. La Peste, como las otras pelis del mencionado muestrario, tiene una factura que simplemente no puedo pasar por alto, ni despreciar. La alabo, la aprecio, y la adoro. Pero nadie recordará a los Últimos de Filipinas, por sosa, por típica, por temerosa de relatar lo grandioso o memorable que hubo en el hecho que relata, ni de Oro, desprovista de una verdadera trama o un personaje que inflame alguna emoción que atrape. Por cobardes, en definitiva, incapaces de dar algo único y diferenciador. Y como siga así, La Peste irá por el mismo camino como no consiga un Alatriste o un Guillermo de Baskerville. Personajes que funcionan, existen, y son disfrutables y carismáticos, al margen de que sean vehículos o no para mostrarnos su mundo. Una historia, vamos, que la miseria no es excusa para la sosez o la falta de carisma. Porque si aceptamos que Alberto Rodríguez (por ejemplo) es un buen director, detrás de esto solo esta lo de siempre, el escocido culo de los españoles para con su historia, incapaces de hacer lo que los anglos hacen desde hace décadas, meterle garra, gancho y energías, y ya sea apología patriotera, severa crítica histórica, o algo intermedio, no hay miedo en hablar de sus cosas. Parece que en España hay ganas de echar la zarpa, ambición, pero aun muchos redaños a hacerlo con verdadera energía, y ofertar algo que no hayamos visto, o no nos esperemos.

            La Peste podría, ojala. Puede que el Mateo Núñez de Pablo Molinero me haya parecido frío, estéril como personaje, funcional para lo que la peli quiere de él. Querría equivocarme, sinceramente. La Teresa Pinelo de Patricia López Arnaiz es una muestra de lo que esta serie podría construir con menos fasto a la corrupción y al autoflagelo histórico y más hablar de sus personajes. Potencial, como el del inquisidor Celso de Guevara, que se sale del típico estereotipo de inquisidor loco fanático, inculto y amante de la violencia (de la que ni el Nombre de la Rosa escapaba del todo) para mostrarlo como alguien culto, refinado, y bastante benévolo, dentro de lo que su trabajo exige (que el inquisidor siga siendo la sempiterna sombra en estos relatos ya es otro cantar, pero es un avance de madurez apreciable). A lo que voy, es que hay luces innegables en esta serie, personajes e historias que pueden llegar a ser grandes. Mas le pese al valor de producción de La Peste, su trama de novela negra no es ni la mitad de interesante que su escenario. Es en las conjuras políticas y conflictividad social donde la peli encuentra, irónicamente, mejor encuadre para lucimiento de personajes e historias. Desearás su presencia más que el de la investigación más de una vez. 
El tonto de Aida. Tardé tres capítulos en darme cuenta

            Al final, esto no es más que mi opinión e impresiones, que he intentado argumentar, y deseo compartir. Quiero ver más ficciones como La Peste. Espero como agua de mayo cada vez que oigo que va salir un Oro, o un Los Últimos de Filipinas. Pero estaría bien que alguien, en algún momento, pudiera aunar la falta de complejos con la voluntad de narrarnos algo, algo atemporal que viva y sobreviva, un personaje notable, una trama sobresaliente. Porque las cubiertas doradas y las pretensiones de crítica social se las lleva el viento porque hay miles, y mejores, si no hay nada más. ¿Pero una historia con corazón, con alma, con energía? ¿Un personaje característico o carismático? Eso es inmortal. Por eso tenemos al Quijote en los Simpson, y hay series que aun hoy día hacen chistes con Diego Alatriste. Porque la gente sabe quienes son. ¿Pero Mateo Núñez? No, a día de hoy, ni ninguno de sus acompañantes. Y ya me gustaría. 


Posdata
            No voy a hablar demasiado de los fallos de audio de la serie. Siempre ha sido un problema en algunas pelis españolas, y con el bello acento andaluz en escena, sea hablado, gritado, susurrado o barboteado, solo se complican las cosas. Pero los actores, ejerciendo como sus personajes, siempre pueden escudarse en que la trama exige que así sea el como hablen. Que no escuchemos un carajo es asunto ya del como se ha efectuado la captación de sonido. Es algo realmente grave y molesto. Una trama de novela negra como esta EXIGE que uno pueda seguir lo que dicen, y como lo dicen, los personajes.
            En cuanto a errores históricos…bueno, no hay ficción histórica que no los tenga. A la serie se le escapan algunas burradas de bulto, como el médico temeroso de que la Inquisición lo queme por brujo por todas las cosas naturales de ciencias que tiene en su casa. La quema de aquellos que practicaban la brujería rara vez fue cosa del interés de la Inquisición, más interesada en las cosas que hicieran peligrar los cimientos de la cohesión social, como el protestantismo o el judaísmo. Para ver quemas de brujas, hay que dirigirse a los países protestantes del norte, que era más su rollo. 
            Pero errores errores, ninguno realmente ofensivo a la vista y al olfato del que sienta aprecio o predilección por esos matices.